LUCHA LIBRE EN MÉXICO, LA RECREACIÓN DE UN RITUAL

Por Marcia Duhagon

Cinco de la tarde de un domingo caluroso. Va a llover. Casi todos los domingos de agosto, a esta hora llueve. Una calle: Perú 77, en el Centro histórico de la ciudad de México.

Hay gente alborotada, mucha gente, esperando para otra función: lucha libre en el Arena Coliseo. La calle es angosta, adoquinada, y no es fácil desplazarse entre la multitud, mientras oigo las voces que alientan a comprar: máscaras, muñecos luchadores, llaveros, cuadriláteros en miniatura, y así, una parafernalia de objetos-fetiche que me van poniendo en ambiente. Adentro, la gente ansiosa. Se acomodan en sus sitios, esperan a sus héroes.

Viernes. Ocho de la noche. Lucha libre otra vez. Esta vez en el Arena México, en Colonia Doctores, muy cerca de la otra. Más gente, el mismo alboroto, y máscaras, y ansiedad, y más luchas. Logro entrar y me siento en primera fila, la reservada para los seguidores, los fanáticos. A mi lado hay una mujer con dos niños, cada uno con su máscara. Me miran fijamente con esa típica mirada mexicana, directa, dura y con brillo.

Mientras, su mamá me cuenta que hoy es un día especial: hay tres luchas estrellas. Perro Aguayo y Villano III contra Máscara 2000 y Blue Demon, oponentes de gran talla. Ella sigue su relato emocionado con un fondo de música festiva. Entre corridos, rancheras, pop, y disco y bajo un haz de luz y nubes de humo inquietantes, van apareciendo en escena los primeros astros: Fuerza Guerrera, Rayo de Jalisco, Tinieblas y Brazo de Oro. Comienza la primera lucha. El ambiente va cobrando color y calor. Emoción, adrenalina, y pasión van en aumento a medida que se desarrolla el combate.

Pienso que para los mexicanos la lucha siempre fue un ritual importante, como en la Antigua Grecia. El combate gladiatorio formaba parte de la vida en esos tiempos, ligado a rituales religiosos, actividades bélicas, acontecimientos recreativos y como rendición de culto a las deidades.

Durante el Imperio Azteca, también practicaron el combate cuerpo a cuerpo para demostrar al pueblo sus habilidades y capacidades guerreras, además de divertir a los espectadores y venerar, como los griegos, a sus dioses. También, como en el Coliseo Romano, durante estos encuentros gladiatorios, se enfrentaba a los prisioneros ante rivales superiores. Sacrificio gladiatorio, denominado así por los conquistadores españoles.

Todas estas actividades fueron luego prohibidas, como símbolo de lo pagano, por los españoles en la época de la Colonia, y resurgieron durante la intervención francesa, cuando Maximiliano y Carlota ofrecieron como regalo de bodas al General Basain un encuentro de lucha grecorromana, con la intención de mostrar la capacidad de los soldados franceses en el arte de la lucha.

Desde su prohibición hasta su regreso, transcurrieron 300 años. Aún así, las luchas siguieron vivas, como si hubieran sido grabadas en la memoria colectiva.

A principios del siglo XX, las luchas comenzaron a realizarse con mayor frecuencia, mutando de evento ritual a encuentro deportivo. Fueron adoptando nuevos elementos como el principio de la no resistencia, condición de lucha que se remite al pasado japonés, según el cual a la fuerza no se aplica fuerza, sino inteligencia.

Con el correr del tiempo, la lucha fue adquiriendo cada vez mayor popularidad. En 1910 se creó en México la primera empresa de lucha libre y en 1933 se inauguró la Arena México, Catedral de la lucha libre. La Arena Coliseo abrió sus puertas en 1943, con una lucha estelar: Tarzán López contra El Santo-el Enmascarado de Plata- quien se convertiría luego en una figura legendaria dentro de la cultura popular mexicana.

Otra vez en el Coliseo. Estoy en primera fila comprando un llavero con la máscara de El Santo mientras va la primera lucha. Tibia, sin demasiada emoción. Sigue la segunda y los sentimientos del público ya se avivan y van cobrando fuerza. Ya en la tercera, el aire está cargado de magnetismo. El público grita cada vez más. La tensión aumenta. Las mujeres gritan, poseídas. Los luchadores, los Rudos y los Técnicos, fuerzas rivales y a la vez complementarias-como las del bien y las del mal- hacen gala de su destreza. Saltos mortales, caídas, aplicación de llaves, que dan lugar a figuras plásticas cuyos nombres corresponden a las imágenes que crean: puente olímpico, cangrejo, estaca india, tirabuzón.

El público los sigue con la mirada ágil. Responde a favor de unos, en contra de otros. Se produce una dinámica entre ellos y los luchadores, que estalla en euforia, invadiendo el ambiente, transformándolo en un sitio mágico, cargado de pasión desmedida, desbocada, intensa. Ya en la última lucha de la noche la Arena arde. Los límites del encordado se desdibujan. Los saltos mortales van y vienen desde la segunda y tercera cuerda, dentro y fuera de la lona. La gente al filo de la butaca y yo, atrapada y sorprendida por la excitación del público. Olvido la sensación de riesgo y quedo hipnotizada entre las cuerdas. En medio de un campo de fuerzas magnéticas desquiciadas.

Guadalupe, una señora de unos sesenta años, quien antes me contó que desde hace treinta años no se pierde una sola lucha, me pregunta si estoy bien. Me cuenta que hay muchos que vienen siempre, hace años, y que tienen reservada la primera fila. No faltan nunca. Abre su bolso para mostrarme la máscara que le regaló Fuerza Guerrera, uno de sus ídolos. De pronto salta de su butaca para aplaudir y ovacionar a otro de sus favoritos, Mr. Niebla."Así es la vida", dice cada tanto. Lo decía Octavio Paz en El laberinto de la soledad: "...el mexicano considera la vida como lucha, concepción que no lo distingue del resto de los hombres modernos".

¿Qué tanto pertenece al campo de lo real y qué tanto al de la ficción? ¿Qué representan estos luchadores? ¿Cuál es su función en el imaginario popular? ¿Son héroes cercanos de carne y hueso o figuras que representan una especie de dioses privados en las fantasías populares y que despiertan la ilusión del triunfo frente a frecuentes derrotas cotidianas? Lucha libre mexicana, metáfora de otras luchas.

Mezcla de realidad y ficción. Hecho escénico donde la confrontación de fuerzas antagónicas retoma las contradicciones sociales para convertirse en una representación teatral de éstas, una radiografía del encordado social.

Colores primarios que se oponen, armónicos, en toda la geografía mexicana.

Es domingo otra vez. Hoy no llueve. Otra vez hay luchas.

Marcia Duhagon.

Lucha Libre