APRENDIENDO A SOBREVIVIR EN EL DISTRITO FEDERAL

Por Emilio Petersen

Había llegado al Distrito Federal poco tiempo antes. En la Argentina de entonces transcurrían días tenebrosos y el instinto de conservación nos obligaba a permanecer muy alertas ante diversas circunstancias de la vida cotidiana.  El miedo no es zonzo dicen en mis pagos y uno arrastraba fuertes condicionantes a través de la distancia.

Al volante de una combi, un amigo argentino que llevaba ya algunos meses en el DF intentaba iniciarme en el difícil oficio de orientarse en la ciudad de México. Con una "Guía Roji" entre las piernas iba yo de acompañante.

No me alcanzaban los ojos para observar al mismo tiempo el fárrago de automóviles, las muchedumbres cuyas dimensiones se me ocurrían asiáticas y atender los carteles viales con términos como Xola, Iztapalapa, Taxqueña, Magdalena Mixuca, Cuauthemoc, Cuitlahuac, Chimalpopoca o Azcapotzalco.

Nombres que escapaban de mi memoria apenas terminaba de leerlos, produciéndome una sensación muy cercana a la del borracho cuando se le mueve el piso. Esto sin tener en cuenta la turbación que me producia el descubrir que la calle del Niño Perdido, San Juan de Letrán, el Eje Central y la Lázaro Cárdenas eran una y la misma avenida por la cual habíamos venido transitando un rato antes, o ¿esto me había parecido a mí?

La Guía Roji es el equivalente de nuestra "Filcar", es decir una colección de mapas seccionados y encuadernados, sistema muy útil para trasportarlo pero que en una ciudad de las dimensiones del Distrito Federal trasforma su interpretación en una disciplina sólo apta para iniciados.

En mi confusión, sus dimensiones me parecían propias de un diccionario enciclopédico. Los mapas son estrechos y alargados para poder meterla en la guantera del auto, pero esto multiplica el número de páginas y para colmo el doblés central del encuadernado confunde al más avispado.

El caso es que estaba yo concentrado en el análisis de ese endemoniado instrumento cuándo un ¡Puta madre! me sobresaltó.
Esa exclamación de mi amigo chofer sólo podía adelantar una grave contrariedad. La adrenalina actuó con eficacia y en un instante todo mi cuerpo se tensionó.

Levanté la vista y observé frente a nosotros un uniformado con su brazo derecho levantado y cuya mano parecía pretender abarcar todo nuestro parabrisas.

Una rápida mirada a mi amigo tuvo como respuesta un desconsolador "carajo! me pasé el rojo".

Al girar nuevamente la cabeza, encontré ya al representante de la ley junto a mi ventanilla. Al parecer, el intenso tránsito lo había persuadido de acudir sobre el lado del volante.

Traté de superar mi aprensión de que todo uniforme escondía un genocida y le argumenté a boca de jarro…"pasamos en amarillo!"

Creí advertir como una chispa en sus ojos mientras me escuchaba, pero en el acto se recompuso y con voz grave dictaminó : "el ámbar es el alto".

Esta frase me desorientó, y aún sin comprenderla cabalmente tuve la misma pesadumbre que cuando mi padre me retaba en la infancia.

"No debieron atravesar el crucero"…volvió a golpear sobre caliente. Me sentí desfallecer.

Cuando ya me invadían imágenes de cárcel y deportación, un codazo de mi amigo me volvió a la realidad. "Dale la guita que hay en la guantera" me ordenó. Actuando más por impulso que por convicción, reuní unas monedas cuyo valor desconocía por completo y con inocultable temor las alargué hacia el agente.

Este las recibió con cierta displicencia y ya con un tono que me sonó muy diferente me respondió: "Pos…no Juanito…algo más de su categoría…no?"

Fue así como descubrí, en un único acto, dos palabras indispensables para sobrevivir en la ciudad más poblada del mundo, "tamarindo" y "mordida", que como fiel pareja marchaban siempre indisolublemente unidas por las calles del DF.



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