LILA DOWNS

La estrella de una nueva aldea global


Un paseo por la vida de la notable cantante mexicana-estadounidense Lila Downs.

Por Carlos Polimeni*


Lila es hija de Anita Sanchez, una india que cantaba en los cabarets de Oaxaca, y Allen Downs, un profesor de cinematografía de Minnesota, que había llegado a México para rodar un documental. En su mundo conviven el canto mixteca y el rock estadounidense, además de la ranchera, la bossa nova, los corridos, el folklore latinoamericano, el bolero, el fado, el rap y la concepción sonora del jazz de cámara...

Mucha gente no lo sabe hoy, pero México era uno de los países más rockeros del mundo al principio de los años sesenta, acaso por su cercanía con Estados Unidos, tal vez por la presencia de una serie de figuras claves, como Enrique Guzmán, el líder de los Teen Tops, para el proceso que desembocaría en la temprana clonación de los modelos musicales anglosajones. Una de las estrellas del Festival de Woodstock, en 1967, se llamaba, de hecho, Carlos Santana, y era el hijo criado en Estados Unidos de una familia de inmigrantes mexicanos. Pero recién entrados los años 70 ocurrió un hecho sin precedentes en el mundo: el estado prohibió la difusión del rock en todo el país por un incidente ocurrido durante la transmisión en vivo de un concierto que transcurría, con 300 mil personas en el lugar, en Avándaro. El incidente fue que millones de personas escucharon en la transmisión radial en directo el momento en que el cantante Felipe Maldonado, del grupo Peace and Love anunciaba: "Vamos a cantar una canción que se llama "Mariguana". ¡Chingue su madre el que no la cante!" La prohibición que siguió al Festival Rock Ruedas Avandaro 1971 abriría un paréntesis de casi quince años en la historia del rock mexicano, que a partir de allí tendría que bajar a las catacumbas y operar en la clandestinidad de los primeros cristianos en la era del Imperio Romano.

La llegada de la oleada de grupos extranjeros exitosos en la década del 80, con Soda Stéreo a la cabeza, pero también mucha presencia de grupos pop españoles, posibilitó que la prohibición estatal del rock mexicano comenzara a perder fuerza, sobre todo por respeto al negocio de las discográficas multinacionales. Pero como suele pasar, esa "invasión" deparó que se generase una especie de movimiento telúrico de reivindicación del orgullo propio: la historia completa de México está cruzada por la admiración de lo extranjero y en paralelo el rechazo a esa misma admiración. A partir de allí se generó una resurrección del que había sido un auténtico gran movimiento y la aparición de bandas como Maldita Vecindad, Los Caifanes, Molotov, Control Machete, Plastilina Mosh y Café Tacuba, entre muchas otras, convirtió al único país hispanoparlante de América del Norte en un auténtico reservorio de imaginación, diversidad y calidad musical. Esa Nueva Onda logró penetrar incluso el mercado estadounidense y ayudó a salir al público adolescente y juvenil de su antes casi natural veneración por todo lo que venía de afuera. Nacía una cultura que ya no intentaba repetir lo que venía de otras metrópolis, incluyendo los raros peinados nuevos (y rubios, casi siempre) porque empezaba a estar orgullosa de si misma. La nueva realidad generada por el éxito económico de los productos mexicanos posibilitó más adelante la aparición de figuras femeninas de peso propio en el país hiper machista que alguna vez hizo suya a Chavela Vargas (nacida en Costa Rica pero mexicana de corazón) y presentaba una larga tradición de cantantes dramáticas. Entre esas nuevas figuras se destacan con claridad Julieta Venegas, una figura pop de atípico encanto para públicos muy diversos, y la enorme Lila Downs, una estrella bilingüe cuya multiculturalidad de origen se expresa en una de las propuestas artísticas más interesantes del planeta completo. Esta nota quiere hablar sobre Lila Downs, sin ningún miedo a la gripe porcina.

Downs nació en el año de la Masacre de Tlateltoco, en Oaxaca, Mexico, hija de Anita Sanchez, una india que solía cantar en los cabarets, y de Allen Downs, un profesor de cinematografía de Minnesota, que había llegado hasta allí para rodar un documental. En sus 40 años de existencia, ha vivido tanto en su país natal como en California, Philadelphia y Minnesota, ciudad en la que cursó una carrera universitaria que le dio un título en Canto y Antropología. Cuando era adolescente y vivía del otro lado del Río Grande a veces sentía vergüenza de su origen mexicano y hablaba casi exclusivamente inglés. En la familia de origen escocés de su padre estadounidense, los mexicanos no debían ser otra cosa que un pobre pueblo subdesarrollado. Pero luego de una larga búsqueda de compensar identidades y después de haberse casado con un saxofonista estadounidense, Paul Cohen, su vida artística cambió y por fin Lila pudo empezar a combinar sin complejo el mundo cultural de su padre con las realidades de los pueblos originales mixteco, zapoteco, maya y náhuatl, en las que se había especializado. La inclusión de un tema suyo en la banda de sonido de la película "Frida" le posibilitó empezar a ser reconocida internacionalmente y después comenzó un efecto dominó que no ha cesado hasta ahora: aquí (llenó el año pasado el teatro Gran Rex de Buenos Aires), allá (está de gira por España en este mismo momento) y en todas partes su nombre pasó a ser sinónimo de la buena nueva música diferente que conviene escuchar, aunque no la pasen mucho en las radios comerciales, ni su figura tenga algún atisbo de corrección política. Una música que representa una nuevo concepto de la aldea global, que puede ayudar a combinar y sumar identidades, en lugar de abolir los colores regionales.

La síntesis de su discografía, compuesta hasta acá por ocho trabajos, que son "Shake away" / "Ojo de culebra" (2008), "Lo mejor de Lila Downs" (2008), "La Cantina" (2006), "Itunes Exclusive" (2006), "One Blood"/"Una Sangre" (2004), "Border"/"La Frontera" (2001), "Yutu Tata"/"Tree of life" (2000) y "La Sandunga" (1999) apenas si llega a describir la intensidad del fenómeno que produce su combinación de elementos estéticos y musicales muy diferentes entre si. Su evolución personal e interpretativa, por ejemplo, la muestran hoy muy diferente a sus comienzos, cuando parecía un brillante en bruto, o en todo caso su proceso de mestizaje recién comenzaba a florecer, lo que a veces la obligaba a disfrazarse de mexicana tradicional. Hoy no lo necesita, pero es mexicana hasta los tuétanos, así como habla inglés con naturalidad. En sus modos conviven el canto mixteca, el rock estadounidense, el universo de la ranchera, los corridos, el folklore contestatario latinoamericano, el pop radiable, el bolero, el rap y la concepción sonora del jazz de cámara con una naturalidad apabullante. Puede cantar que la cucaracha ya no puede caminar porque no tiene marihuana que fumar antes de concretar una proclama sobre la condición de explotación de los trabajadores rurales mexicanos sin que una cosa invalide la otra, más bien potenciando ambos discursos. Es que es ecléctica por donde se la mire, capaz de cantar ópera o blues, de parecer muy india y a la vez modelo de Armani, de no temerle a la bossa nova ni a los carnavalitos, de ser híper local y al tiempo ciudadana del mundo, Lila parece expresar en persona aquello que el antropólogo argentino radicado en México Nestor García Canclini definió como las culturas híbridas, en un libro que ya es un clásico de las ciencias sociales.

"Uno de los temas que más me interesa es pensar que podemos seguir retomando la cultura indígena y, al mismo tiempo, vivir una realidad moderna.", dice ella. "Junto con los compañeros triquis, mixtecas y zapotecas de Oaxaca he crecido pensando que todas nuestras comunidades indígenas necesitan una autonomía política y legal, y un gran respeto de parte de todos. Sus lenguas e ideas de nación deben permanecer. Pero al mismo tiempo creo que no debemos olvidarnos de lo que ocurre en el mundo, porque formamos parte de ese todo." No es sólo que Lila sea heredera y portadora de dos culturas, a ambos márgenes del Río Grande. Es que las combina entre si, sumándole muchos elementos de otros orígenes, sin que eso suene ni artificio ni a pastiche, o una postura dictada por la globalización de lo mercados. Es maravilloso, por ejemplo, verla bailando y cantando, delante y con Caetano Veloso en uno de los cuadros finales de la película "Fados", de Carlos Saura. Es raro decirlo, pero la plasticidad, belleza y calidad de Downs logran eclipsar por un momento al bahiano más famoso, lo que es mucho decir. Incluso el dúo que concreta con Mercedes Sosa, a la que admira desde siempre, en "Ojos de culebra", la muestra a la altura de un compromiso mayor, y muy tranquila en su papel. En el mismo disco, participan Rubén Albarrán el cantante de Café Tacuba (aunque con uno de su varios nombres artísticos), La Mari, de Chambao, y Enrique Bunbury, ex líder del grupo español Los Héroes del Silencio. En su combo, tocan tres músicos estadounidenses, un paraguayo radicado en México, un venezolano, un chileno y un colombiano. El proceso de su transformación personal, hasta convertirse casi en un sex symbol escénico de la aldea global parece ser el mismo de las culebras, que van cambiando de piel para convertirse en cada vez más adultas y hermosas aunque nunca dejan de ser potencialmente peligrosas.

Epígrafe: El año pasado Lila concretó un show magistral en el Gran Rex, agotando localidades.

* Carlos Polimeni - periodista argentino. Esta nota se publicó en el periódico Miradas al Sur, el domingo 10 de mayo de 2009. El autor de la nota, Carlos Polimeni, gentilmente nos autorizó a publicarla en nuestro portal.


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