JOSÉ ALFREDO JIMÉNEZ : SIGUE SIENDO EL REY

Por Ana Cecilia Pujals

José Alfredo Jiménez, a más de 30 años de su muerte, sigue siendo carta de presentación de la música mexicana y está comprobado ser garantía de éxito para los cantantes que se lanzan a la aventura de interpretar la ranchera “como Dios manda”.

Hasta ahora, nadie, absolutamente ningún cantante ni compositor a igualado siquiera el talento de este Guanajuatense, cuyas canciones son un clásico de fiestas, reuniones, serenatas, amores y desamores.

Sus canciones son parte del repertorio de los artistas latinos consagrados, desde su inseparable amiga Chavela Vargas, el admirador de ésta, Joaquín Sabina, y un más contemporáneo Luis Miguel, que con su versión de “La Media Vuelta”, le imprimió un nuevo vuelo al bolero ranchero.

A José Alfredo se le rinde homenaje en cada fiesta, en cada trago, y con cada desilusión amorosa. Sin embargo, también es posible recordarlo a través de sus películas, del timbre postal que se emitió hace 6 años, o a través de un disco homenaje doble que reunió a Juan Gabriel, Julio Iglesias, Maná, Vicente Fernández, Enrique Iglesias, Talía, Lucero, El Puma, Francisco Céspedes, entre otros importantes artistas. Además, en este disco, y gracias a la tecnología, se hizo posible reunir a José Alfredo con voces tan importantes como Jorge Negrete y Pedro Vargas.

José Alfredo Jiménez nació el 19 de enero de 1926 en Dolores Hidalgo, Guanajuato. Su padre, Agustín Jiménez, era químico farmacéutico y era dueño de la única farmacia del pueblo, y su mamá Carmen Sandoval, se dedicaba tiempo completo a sus 4 hijos. Desde muy chico se gestó su vocación por el canto; su amor por la música y su vena de compositor aparecían al parodiar las canciones de moda vestido de charro, o bien al escribir pequeñas letras dedicadas a...los animalitos domésticos.

Su vida dio un giro cuando tenía 10 años y murió su papá. Ese mismo año su tía Refugio Sandoval se lo lleva a la ciudad de México, donde terminó la primaria. El y su tía se instalaron en la colonia Santa María la Ribera, barrio de moda entre artistas e intelectuales, donde entonces se vivía una gran bohemia.

Tiempo después su mamá, acompañada de sus otros tres hijos, tuvo que abandonar su pueblo y fue a reunirse con ellos. El dinero que obtuvo con el traspaso de la farmacia le sirvió para abrir una tienda que no supieron administrar, por lo que Nacho, su hermano mayor y José Alfredo, tuvieron que buscarse, dejar la escuela, y con ello la posibilidad de hacer una carrera universitaria.

Más tarde toda la familia se trasladó a Salamanca, Guanajuato, salvo él, que insistió en quedarse en la Capital, donde alternaba su vocación de compositor con el trabajo de mesero que desempeñaba en el restaurante de antojitos yucatecos “La Sirena”.

Pero la música no era su único amor. José Alfredo también andaba “a las patadas” en las filas del equipo de fútbol Oviedo y más tarde en las del Marte, en donde fue reserva del famoso arquero Antonio “La Tota” Carvajal, también conocido como “El Cinco Copas”.

José Alfredo tocó muchas puertas en radiodifusoras y casas de discos, pero fue su amigo Andrés Huesca quien lo presentó con el director artístico de la RCA Víctor, quien le dio su primera oportunidad.

En ese momento tenía un repertorio considerable. Había formado un grupo con los hermanos Enrique y Valentín Ferrusca y Jorge Ponce. El grupo se llamaba “José Alfredo Jiménez y los Rebeldes”. El era el solista y sus amigos lo acompañaban con sus voces y sus guitarras para llevar serenatas, o amenizar reuniones.

En sus primeras canciones plasmaba sus vivencias cotidianas, y ya reflejaba un intenso mundo interior, como en  “Un día nublado”, “El Vencido”, “Como un criminal”, “Ella”, “El 15 de septiembre”, “Yo”, “Mi despedida” y “Nuestra Noche”.

Desde que apareció su primera grabación, “Yo”, interpretada por Huesca y sus Costeños, la cadena de éxitos se hizo interminable. 

Comenzaban a correr los años 50 y no sólo le cambió la vida en lo profesional y en lo económico...también se enamoró.

Y ya era justo, porque después de haber sufrido algunas decepciones amorosas, como las canta en “Ella”, encontró en Paloma Gálvez, la mujer ideal para casarse.

Con ella tuvo dos hijos, pero con otra señora con la que nunca formalizó, tuvo otros tres.

Con toda la oleada de música inglesa y norteamericana que caracterizó la década del 60, la música de José Alfredo permaneció intacta en el gusto del público, y sirvió para imprimir nacionalismo al importante movimiento social que se gestaba en aquella época, y su inagotable talento le permitió seguir haciendo temas que incrementaron el repertorio de la lírica popular mexicana. 

Es complicado enlistar el cancionero de José Alfredo Jiménez, sin embargo hasta ahora se cuentan algo más de 247 temas grabados, entre los más importantes: “Retirada”, “La Media vuelta”, “El Caballo Blanco”, “No me amenaces”, “Corazón”, “El Jinete”, “Un mundo raro”, “Tú y las Nubes”, “El Perro Negro”, “Te solté la rienda”, “Pa´todo el año”, “Que te vaya bonito”, “El Rey”, “Amor del Alma”, “Qué bonito amor”, “Camino de Guanajuato”, “Maldición Ranchera”, “Amarga Navidad”, “La que se fue”, “El hijo del pueblo”, “Cariño del Cariño”, “Amanecí en tus brazos”, “Gracias”, “Despacito”, “Cuando sale la luna”, y “Tu enamorado”, entre otras.

Grabó más de 40 discos, participó en muchas películas durante la época de oro del cine mexicano y actualmente están a la venta más de 70 discos con sus canciones . 

Cantó y compuso por igual huapangos, boleros, corridos y rancheras románticas. Además su familia guarda temas inéditos que pueden salir a la luz en cualquier momento. 

Su tumba y museo pueden visitarse en las afueras de la ciudad de Dolores Hidalgo, en Guanajuato, donde su familia se ha ocupado de mantener vivo el mito.

José Alfredo Jiménez vivió, amó, disfrutó y sufrió. Personaje omnipresente en cada cantina y en cada trago, paradójicamente una cirrosis hepática con complicaciones en el esófago se lo llevó prematuramente, a los 47 años. Desde entonces, cada año, el 23 de noviembre, frente a su tumba, es posible reflexionar frente a su epitafio: “La Vida No Vale Nada”.


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