TEXTOS CORTOS

Publicados en el diario Reforma, de México: Gardel; Habla, ciudad; Contrasentidos; De sol a sol y La Gula.

Por Jorge F. Hernández

LA GULA

Propongo dos párrafos de entrada, a leerse con mucha saliva e imaginación:

Una sopa humeante cuyo caldo revela que las verduras, especias y demás ingredientes han sido sometidos a la lenta cocción sobre una hoguera de leña que vuelve a todo delicioso; un generoso corte de carne jugosa que no oculta los tentadores pliegues de su grasa dulce; un tupido plato de pasta aliñada con mariscos de diversa ralea bañados con una espesa salsa de tomates sazonados al punto exacto de la sal y el orégano; un pan mojado en aceite de oliva y puesto sobre una sartén poblada con intactos dientes de ajo; una pirámide de merengues por donde desciende una diminuta cascada de chocolate derretido; una mesa interminable de pasteles donde gritan en silencio los rellenos de crema y los helados de vainilla entre salpicaduras de nuez moscada, avellanas partidas, piñones y pasitas; un tarrón rebosante de cajeta y muchos panes recién horneados a punto de untarse con la más pura mantequilla.

Una pechuga de pollo asada sin sal, un pescado a las brasas sin condimentar, una galleta de pan ácimo, un ramillete de acelgas al vapor, tres rebanadas pequeñas de queso panela, agua de melón sin azúcar, yogurt sin grasa alguna, leche descremada, mantequilla de soya, pepinos bañados en jugo de limón, abundancia de jícamas que son agua sólida, huevos sin yema para batirse solo en claras, todas las verduras hervidas para minimizar sus sabores, pencas de nopal asadas con cortes transversales sobre su piel, ensaladas con todos los tonos del color verde sin aderezo de ningún tipo, dos ciruelas hechas pasas, media toronja con todo y gajos, una reunión insignificante de chícharos, espárragos no salteados, escasos dientes de elote, pan de trigo dosificado, tres litros de agua por día.

Basta leer lo anterior para desatar el sentido del gusto, soltar los antojos y ubicar con precisión las posibilidades y limitaciones que cada lector tiene al comer. Sea por estética o enfermedad, todos hemos tenido que limitar nuestros gustos y mermar los antojos; sea por frenesí o la sinrazón ocasional, todos hemos caído en el desenfreno ante la comida. Leamos ahora otros dos párrafos, ahora referidos a la bebida:

Un caballito de tequila acompañado de su gemelo al borde con sangrita; la británica frescura de un vaso helado de ginebra mezclada con agua tónica y algunas gotas de angostura; la germánica abundancia de la cerveza: el rito escocés del whiskey mezcla de maltas o de la malta en singular; el gringo ritual del bourbon bajo una luz de neón; la elegancia de una copa de champaña; la claridad del vino blanco, la generosidad religiosa del buen vino tinto, la diversidad del Oporto, la picardía del Jerez, la seriedad del coñac en el remanso de un sillón de cuero vetusto.

La tercera botella de ron blanco sobre una conversación ilógica; la irracionalidad del enésimo whiskey de un monólogo interminable; la vulgaridad del anís en abundancia; la necedad de prostituir al brandy con refrescos burbujeantes; el peligro de ahogarse en tequila; la náusea del vodka a solas y por la mañana, la ceguera tras el naufragio en mezcal.

Sin moralinas, es evidente que hay una diferencia entre los párrafos que apelan a la mesura descabellada y los que apuntan al exceso irracional. Según la definición, la gula refiere cualquier tipo de exceso en el comer y en el beber. Fincada en el inconsciente colectivo desde hace siglos, quizá nunca como hoy pueda ramificarse sus sutiles implicaciones y sus trascendentales consecuencias: hoy que abundan las bulimias y anorexias, los obesos sin complejos y los gordos sin remedio.

Sobrepoblados por cultivadores del cuerpo esbelto e inundados por maniquíes de proporciones perfectas, hoy conseguimos todo alimento en versión light al mismo tiempo en que no han cesado las oportunidades de la grasa abundante, las proteínas en exceso, los carbohidratos sin medida y el azúcar sin límite. Hoy es más fácil conseguir un litro de licor que una botella de leche recién ordeñada.

Pero la gula no se manifiesta en la elección entre la embriaguez y la sobriedad o entre el hartazgo digestivo y la mesura dietética. La gula se define y explaya en el sutil embeleso que se manifiesta desde el antojo, en el abuso antes de materializarse como arrepentimiento, en la culpa a priori para luego volverse una conciencia culposa, un saber eclipsado por el sabor. El goloso puede satisfacer su apetencia por lo dulce con un terrón de azúcar; el guloso lleva bajo la piel el apetito desordenado, gulará todo lo gulable, etimológicamente cumpliendo con la definición de garganta en latín: gula y gular, todo lo relativo a ella. Por traducción, los angloparlantes dicen gulp cuando se atragantan. En las remotas raíces del castellano, gola derivó golimbro como sinónimo de goloso y llegó hasta goliardo como apócope de "clérigo con vida irregular", apodo mezclado con un eco del gigante Goliat.

Que los curas de pueblo sean panzones por antonomasia o que los comelones seamos definidos siempre como gigantes, pantagruélicos o gargantuanos, no tiene mayor enredo; pero que una mujer sea glotona, un burócrata guloso o un adolescente golosino, complica aún más las cosas.

Según Cervantes, en El Casamiento engañoso, un cocinero goloso "es que sabe excitar el apetito" mientras que una jovencita gulosa podría ser la soñada por Nabokov, de nombre LO-LI-TA, por su candor insaciable y su antojo irresistible. Entramos al territorio de la conciencia y de la ética, pues para que los excesos en el comer y en el beber hayan sido tipificados como pecado tendría que ser no por la risible visión de un panzón satisfecho o la tímida niña que se roba una galletita, sino por el aura pecaminosa que rodea el ánimo del exceso. Es pecado la gula no por violar una tabla calórica o entorpecer la estética colectiva, sino por el siniestro desacato a la mesura, el diabólico afán de violar la sobriedad y el abuso maligno que se confunde con la saliva de los antojos. La gula no radica en la filiación a la austeridad o en la proclividad por lo suculento, sino en el exceso que realizamos ante cualesquiera de los manjares enunciados o los brebajes evocados en los primeros párrafos. Dentro de las claras limitaciones que fijaba la ética medieval se establecían tanto las Virtudes Cardinales como los Pecados Capitales para cuadricular la conducta humana. El mundo se dividía entre el Discurso sobre la dignidad del hombre de Pico della Mirándola, que celebraba el libre albedrío y la perfecta felicidad del hombre, y El Barco de los locos de Sebastián Brant, poemario satírico que resalta todos los errores y flaquezas de la condición humana. Sobre ese telón de fondo se determinaron los siete pecados, cabezas de todos los demás y, entre ellos, se dictó que "el uso inmoderado de los alimentos necesarios para la vida" era pecado en tanto "comer y beber hasta saciarse por ese solo deleite que se experimenta". La estricta religiosidad latina especificaba a la gula en proepropere (comer antes de tiempo o cuando debe haber abstinencia); laute (comer manjares que superan las posibilidades económicas del tragón); nimis (cuando se bebe o come en perjuicio de la propia salud) y ardenter (cuando se come con voracidad extrema o con la avidez propia de las bestias).

En el Museo del Prado en Madrid cuelga el hermoso cuadro de El Bosco, la Mesa de los Pecados Capitales. El centro es el ojo de Dios, que todo lo ve, tres círculos concéntricos de donde emerge Cristo salido del sepulcro. Alrededor, como un espejo, se representan los Siete Pecados Capitales en escenas cotidianas y comunes. Allí está el Gordo Insaciable y el Bebedor Famélico, ambos abusadores del placer de la ingestión, ajenos a la correcta digestión y fieles a las agravantes: son capaces de robar por beber y reducir a sus hijos a la mendicidad con tal de comer más; no respetan ningún tipo de ayuno y son capaces de provocarse el vómito para seguir comiendo y bebiendo; no les importa el empacho o la embriaguez, ni cualquier daño que puedan sufrir por sus excesos y, de allí, que estén en la antesala de la lujuria. Con todo, el guloso de veras tiene un apetito más profundo, hambre incalculable por comerse el Mundo a puños y tragarse entero el Universo. No se trata únicamente de sobrepasarse en una comida, sino del ritual crónico de querer devorarlo todo, negando por ende la existencia o posibilidades del Otro. Nada más ofensivo al concepto de prójimo y de hermandad universal que propagó y propugnaba la ética medieval.


HABLA, CIUDAD *

El habla de las ciudades no depende tanto de los diccionarios ni de la filología ortodoxa. Las ciudades hablan el idioma que conforman sus habitantes y los viajeros que las visitan. A diferencia del campo, donde predominan los silencios, las ciudades hablan también muchos ruidos que no provienen de la naturaleza; quizá por eso el viento murmura consejos diferentes a los que insinúa en las montañas y el amanecer parece un monólogo en ebullición, dictado por el tráfico, y no es el mismo callado inicio con el que se pintan los cerros en despoblado. La ciudad habla su particular dialecto de Babel y, de no cuidarse, uno puede hipnotizarse con tan sólo prestar oídos a la multitud de voces que van poblando la ciudad de todos los días: el monótono soliloquio de las mañanas normalmente aderezado con las noticias que se escuchan al fono, el coro de viajeros del metro que no siempre alcanzan una digna polifonía, las exclamaciones de los coches y todos los adverbios que van pintando las fachadas y las calles.

Mi infancia transcurrió en otro idioma, en una ciudad blanca repleta de imponentes edificios blancos, casi todos emparentados con el mármol, donde las banquetas de granito parecían pulirse para precisamente parecer más blancas. Sin embargo, era una ciudad poblada en su mayoría por negros y de noviembre a marzo la nieve se encargaba de subrayar los contrastes. En abril florecían los cerezos que reflejaban su pálido rubor rosáceo sobre los lagos sin hielo, a unos pasos de un río que parecía hablar todos los idiomas del mundo. Crecí en inglés, aunque desde muy pronto se entendía que no era la misma lengua de Inglaterra, sino un amasijo de acentos que dependían más de la funcionalidad práctica que de la pureza sintáctica: el griego de la tienda de la esquina intercalaba nostalgias de su tierra para vender frutas y galletas de animalitos; el negro de la gasolinera hacía una fiesta verbal con todas las maneras y giros con los que cantaba, más que hablar, las frases que había heredado directamente de sus ancestros esclavos; mis padres y todos los que llamaban latinos acentuaban sin rubor las vocales y no arrastraban igual las consonantes y conjunciones raras que se escuchaban en boca de los amigos judíos.

En la escuela se aceptaba un ejercicio constante de vocalizaciones diversas, como un continuo juego de imitaciones, donde cada alumno intentaba honrar las raíces de su propio hogar, hablando como lores ingleses o jugando a pronunciábamos como los Beatles de Liverpool. También se entrelazaban todas las formas invisibles que van formando, generación a generación, eso que llaman slang, donde caben todas las hablas que habitaban la ciudad -que es casi como decir que caben todas las lenguas del mundo-y con ingeniosas propensiones a la onomatopeya que no precisa explicación. Hablábamos como cómics y cualquier icono de la cultura popular televisiva se insertaba inmediatamente en el imaginario, y por ende, en el vocabulario. Se cruzaban, además, los puntos cardinales: había mucho inglés de Nueva Inglaterra, pero champurreado con la jerga propia de los estados confederados del Sur. Había entonces maestras Yankee y puras, de habla y maneras norteñas, y muchos compañeros Rebels, de un aroma georgiano o de Alabama, que arrastraban sus palabras con languidez y hasta pereza. Se escuchaban muchos parlamentos ahijados del yiddish o de la más típica Deli Kosher de Manhattan, dispersos en todos los comercios imaginables y se oían voces, aisladas en aquel tiempo, que venían directamente del Oriente más lejano. Sin embargo, los noticieros, los libros de texto y la literatura clásica que nos hacían leer en voz alta estaba escrita en el inglés formal, el que se enseña en las academias para extranjeros y el que dicta los tratados comerciales y los acuerdos diplomáticos.

Pero toda el habla de la ciudad aceptaba giros y realidades que se evaporaban en boca de la pluralidad, pues al final, los nombres de las batallas en Vietnam y los lugares de donde proveníamos todos exigían en la memoria la estricta pronunciación de lo entrañable. Quizá por eso era chocante que pochearamos los mexicanos, pues al enredar nuestros idiomas en la mente, era como si perdiésemos la brújula de nuestra adscripción o ubicación. Insistíamos en decir feredal por federal y nos reíamos por nuestra exclusiva facilidad para evocar al Popocatépetl o pedirle a los gringos que dijeran Parangaricutirimícuaro con la misma velocidad que exigían en los concursos de spelling o ante las ventanillas de cualquier trámite. Había muchas menos instancias para referir al español que ahora y el fútbol soccer era un deporte en pañales, destinado desde entonces a ser favorito entre niñas y de campamento de verano, pues los americanos siempre habían optado por los deportes que se realizan de la cintura para arriba. Ahora, me consta que en mi escuela hay letreros en español y abundan cada día más lugares donde el guacamole y el agua de horchata se sirven con la misma popularidad que la nativa chatarra rápida.

Con el tiempo me volví chilango, aunque viví y provengo de Guanajuato. El habla de la Ciudad de México se me filtró en la conciencia con muchos ecos de frases y modismos comunes en Cuévano, pero casi en desuso en la Capital. Se conoce que muchos compañeros con los que hice migas en la Capital, podrían decir -a su manera-que se nota que me hice cuate de ellos en cuanto llegué a la Capirucha. Hay una pátina difusa que habla de una ciudad inmensa donde cabían muchas pronunciaciones del español: profesores que hablaban como si estuvieran en España y muchos actores de películas en blanco y negro que aún ceceaban, junto con muchísimos amigos y transeúntes que tarareaban el habla de Pepe el Toro o David Silva con guantes de boxeador, al lado de miles de voces llanas, clasemedieras, que parecían locutores de electrodomésticos. Hasta la fecha percibo una inagotable confluencia de voces en el habla de la Ciudad de México, ahora quizá más subrayada por las clases sociales y sus diferencias de presupuesto: el naco que alburea todo parlamento; el niño rico, segunda generación pirruris, que arrastra modismos para dizque alivianarse; la marchanta del mercado que vende en un tono tipludo, muy agudo, casi recién llegado de Michoacán; el taxista que combina todas las tonalidades y la indígena del semáforo de la esquina que pide limosna en su idioma sin tener que usar muchas palabras de eso que llaman castellano.

El habla de la Ciudad de México hereda mucho de los siete siglos que lleva de vida. Se perciben muchas voces que provienen directamente del náhuatl, ya mestizado o asimilado por una larga cadena de generaciones al uso. No soy tu tameme para que me estés chingue y chingue con el titipuchal de chamba que me pides y si no me das un machote para hacer todo el tambache ni quitarnos de encima tanto tiliche y cachivache, pues nigüas, nanay, never de limón la never. ¡Órale!, parece que escribo de oído o de oídas, pero es que intento pasar en claro el enrevesado pentagrama invisible de la Ciudad de México, la inmensa urbe que habla del dése o la désa que `stá llá sin confundir esto con l'tro; la ciudad del ahorita y luegoluego, al rato y el ahora es cuando; Polanco y Las Lomas con sus osea y oséa Hello!, con un nomanches diferente al que se escucha más largo en el barrio de Tepito, con el uso ahora ecuménico del güey, andrógino y unisex, y la institucionalización formal de la güeva, que ya dejó de ser grosería, tanto o más como depelos, nomácayu o el ínguesu.

Habla, Ciudad y confiesa que mucho de tu vocabulario se ha transformado por obra y gracia de la televisión cada vez más alburera y de burla fácil, a contrapelo de los antiguos cómicos que ponderaban distinto el abuso del doble sentido y el abuso del pastelazo barato. Habla, Ciudad y di si lo que dices se debe también a la podredumbre y abaratamiento de tus cronistas deportivos, o a que ahora hablan de todo y opinan de nada todos los deportistas. ¿Será que toda la jerigonza de la publicidad -in crescendo desde hace décadas a la par de los poderes adquisitivos- se volvió ya la pauta para entendernos y entenderte?

No puedo dejar de mencionar otra habla y otra ciudad que habito. Hablo de Madrid y su caló, su idioma en las academias y el habla de todos los días, donde se perdió el porfavor y muchas gracias, donde ya no se necesita el conpermiso y tantas fórmulas barrocas que se volvieron comunes e indispensables en México. Hablo de que muchas cosas que se dicen en Guanajuato ya sólo se leen en el Quijote y que pocos mexicanos entenderían al cheli o macarra que dice tener un loro que te cagas, que se salvó de que lo pillaran los maderos con la tira de tripis y las dos pirulas que traía en la chupa, junto al peluco que le mangó al párroco de la escuela. (Siendo cheli o macarra el pasota o semidelincuente de cuero negro y cerveza fácil; el loro, la radio o autoestéreo; los maderos, la tira, chota o policía; los tripis y pirulas, pastillas de elevación tóxica instantánea; la chupa, la chamarra; el peluco, un reloj de pulsera, mangar por robar y el párroco como sinónimo de director).

Mucho se podría escribir sobre el espejo trasatlántico que nos refleja y refracta. Madrid de aceras, gemelos, chinchetas y trujas; México de banquetas, mancuernillas, tachuelas y tabiros o cigarros para nombrar los mismos objetos. Iguales pero distintos, como dicen que le llamó la atención a Alfonso Reyes, la clara verdad de que no es lo mismo que se estropeé el grifo de la bañera a que se desconchifle la llave de la tina, México y Madrid son dos ciudades que hablan de acuerdo a sus fachadas y arquitecturas, en consonancia con sus horarios divergentes y fieles a las costumbres que se van heredando más allá del mercado y la globalización. Son dos ciudades que podrían hablar claramente, aunque nadie las entienda, de que sus palabras y todos los giros posibles no dependen tanto del diccionario ni de la filología más ortodoxa, sino de una lógica enrevesada e invisible que emana de sus habitantes, tan espontánea como cuando un chilango dice chin sin pensarlo o un madrileño su mecagoen, de todos los días. Hay mucho de qué hablar entre el meregalauncafecito y meponesunchato, entre la una menos cuarto y el cuarto para la una, entre halar y jalar, follar y coger, parquear y estacionarse.

En Madrid llama tanto la atención que a un mexicano le late ir al cine, como en México que a un español le apetece darse una ducha. También habría que considerar que habla de la ciudad se define por las distancias: que en México el que algo esté aquí cerquita no equivale a lo que está al lao en Madrid, y quizá también habría que agregar los horarios, pues considerados el mundo como los sombrerudos flojos que dormimos al pie de un cactus, nos sorprende que en Madrid se paralice todo por la hora inquebrantable de la siesta o acostumbrados a llegar a comer a cualquier hora en el Distrito Federal nos incomoda que en Madrid, pasada la hora exacta de la comida, sólo nos ofrecerían queso, un poco jamón y lo que sobró del día. Esa diferencia de medir con precisión la hora para decir los buenos días (oyasontardes) en Mexicalpan de las tunas, contrasta con la costumbre zarzuelera y desprendida del madrileño que bien puede decir buenos días, mientras no anochezca del todo.

Diferencias, similitudes, contrastes, traducciones, léxicos compartidos, lenguajes afines, palabras entendibles, vocablos intraducibles, ruidos hechos conversación, prisas por hablar, palabras de más, palabras menos. Las ciudades, de siempre, han tenido su propia biografía verbal, un habla que no depende tanto de la urbanización o del crecimiento, sino más de la vida. esa travesía en aparente silencio que no se puede sobrellevar del todo en soledad, ese transcurso personal del tiempo que inevitablemente se nutre de los demás y dialoga en plural. Esa sustancia inagotable que conforma la memoria de todos y cada uno. la que habla sin que necesariamente se escuche entre las calles y los edificios, los nombres de los templos y los gatos desvelados, los puestos de comida y las tascas o cafés para desvelados, las gasolineras y los museos de las ciudades, como si cuadricularan una geografía invisible.

*Texto publicado en la Revista de la Universidad de la Ciudad de México, junio 2005.


GARDEL

Una corta escala de notas asciende sobre una sola cuerda, la sexta, para desembocar en tono de La menor, como quien abre una página del tiempo. Los rasgueos se interrumpen para alternarse con pausas aunque la melodía persiste en el silencio. Un bandoneón insiste en la cualidad íntima que lo distingue de todos los demás instrumentos musicales: es un lánguido lamento que se prolonga con respiración propia, capaz de volcarse sin aviso en taquicardia. Es inevitable, todos los tangos, el tango: pátina del tiempo, polvo acumulado, tiempo que se escucha. Son canciones que se cantan con acento, como quien reproduce al instante de pronunciar sus letras el sentimiento de quien las escribió ayer. Se encuadran metáforas, se desafía la rima, se acepta toda cursilería, se comparte cualquier dolor. Aquí hay ausencias que se padecen en solitario, aunque haya otro que las entienda perfectamente. Aquí se festeja el transcurso y devenir de una sola calle en el inmenso mapa del mundo y una flor puede merecer su homenaje interminable, aunque se sepa marchita.

Buenos Aires se filtra en la memoria como un recuerdo hecho de niebla: la neblina que repta por las calles y trepa por las fachadas de los edificios parece vaho sobre un espejo y uno se encuentra de pronto rodeado por elegantes fantasmas, damas que se distinguen por pasos largos y la mirada fija. Todos llevan un tango en la cabeza, incluso el porteño anónimo que se entretiene amarrando un hilo sobre la banca de un parque apacible parece estar tarareando en silencio una vida hecha de tangos, el tango de su vida.

En las librerías se procura un silencio similar al de las bibliotecas, pero también se alcanzan a escuchar, a lo lejos, las notas de un tango. La música inevitable de la existencia. Sobre todos los tangos, el tango: Carlos Gardel. El morocho del Abasto, el Mudo, la estatua que fuma, la sonrisa que canta llantos, el impecable caballero andante de frac inmaculado, el pelo relamido, la quijada torcida, el brazo sobre el barandal de un barco trasatlántico, el que estira su garganta por debajo de un gazné de seda, el que toca la guitarra levantada de pie. El que cada día canta mejor. Dicen que nació el 11 de diciembre de 1890 en Toulouse, Francia. Otros afirman que nació en el Uruguay, en Tacuarembó.

Dicen que su verdadero nombre fue Charles Romuald Gardés y que al paso de los años cambió la última letra de su apellido. Consta que vive en Buenos Aires, para siempre, destinado a sobrellevar su condición de inmortal. El lunes 24 de junio de 1935, Carlos Gardel subió a la estrecha cabina de un viejo avión de hélices, Ford F-31 en el aeropuerto Olaya Herrera de Medellín, Colombia. Dicen que minutos antes de abordar la nave llegó una mujer despavorida, acercándose al ídolo para advertirle que había soñado aterrada que ése avión se iría a desplomar, que no se subiera. Nadie hizo caso. Ya montados en el avión, Gardel, Alfredo Le Pera, Guillermo Desiderio Barbieri y Ángel Domingo Riverol se hacen tomar una fotografía. Parecen seis habitantes apretujados en un féretro colectivo. El avión tomó pista y no alcanzó a despegar, pues chocó de frente con otro avión donde morirían otras quince personas. La fotografía se conserva de milagro, por un rudo estuche de cuero que salva a la cámara de entre las llamas. En ese instante nace la leyenda y Gardel empieza su vida de inmortal.

De vez en cuando, la vida no se entiende sin la ayuda de un tango. Se alivia un tedio y se supera un vacío con la voz de Gardel al fono. De vez en cuando, "Volver", "Mi noche triste", "El día que me quieras", "Caminito", "Por una cabeza" y "Cuando tú no estás" salen del baúl más íntimo y apelan a la sensibilidad de todos, sin importar generaciones ni circunstancias. De vez en cuando, las madrugadas se navegan mejor si el insomne se deja perder en un mundo sin colores, con papeles incidentales o pequeños parlamentos de reparto, en películas como "Flor de durazno", "Cuesta abajo", "Medio día de arrabal", "Luces de Buenos Aires", "El día que me quieras" o "Cazadores de estrellas", dichas al vuelo de la memoria, vistas por azar.

Gardel no envejece, aunque hoy cumpla setenta años de muerto. No caduca, pues se volvió un sentimiento, un contagio, una melodía pegajosa que se entromete en el instante menos esperado, el día menos pensado. Cuatro notas recorren el diapasón con una insistencia hipnótica, el bandoneón insiste en respirar como si fuese un corazón. El tango es incierto, nadie recuerda su nombre: la letra se va inventando sola, al crecer la melodía. Una ciudad sigue bella e intacta a pesar de tantos golpes y engaños, tanta basura acumulada. Un hombre entra al Café Dorrego en San Telmo o al mítico Café Tortoni. Camina despacio, porque lleva sombrero y un saco cruzado que, supuestamente, no corresponden a los patrones de la época. Se sienta en la mesa más apartada. Cierra los ojos y canta en silencio. Agradece, inexplicablemente, haberse subido con unos amigos en un avión. Queda la fotografía como constancia irrebatible: se le ve en la mirada, en el porte impecable, que viajará en un instante fugaz directamente a la eternidad.


CONTRASENTIDOS *

Al chilango no le asombra que haya trolebuses, camiones, ambulancias y advenedizos al volante circulando en sentido contrario por el carril izquierdo de algunos ejes viales. Sin embargo, lejos de aquí, el chilango se ofende al ser mal visto si entra a cualquier restaurante foráneo con la clásica indumentaria del falso deportista. Allende los mares, al chilango le parece inexplicable que no haya vuelta continua en todos los semáforos del mundo y retrógrado que haya ciudades donde no se vende comida en la calle. Anclado en el DF, el buen chilango sabe que puede encontrar a cualquier hora y en cualquier lugar todo tipo de guisado, fritanga, licuado y brebaje; que las normativas de tránsito y de convivencia son negociables, o por lo menos discutibles, y que toda fila no necesariamente implica una espera. Lejos de la Ciudad de México el chilango puede llegar a percibir la desolación aplastante de no ser visto, mientras que en la ciudad más grande del mundo nos reconocen hasta los perros.

Al parecer, cada generación de habitantes de la Ciudad de México ha contribuido al abultado legado de contradicciones que nos distingue: el pueblo mexica trazó a la Gran Tenochtitlán justo en medio de un lago, sobre un precario islote que sería desde entonces presa fácil para cualquier asedio; la sociedad novohispana se jactaba de la utópica perfección de su capital, aunque ya desde entonces todas las riquezas venían de e iban a parar muy lejos de su cuadrícula; durante el siglo XIX, los mismos balcones que vitorearon la entrada triunfal del ejército invasor gringo celebraron luego el despliegue de tropas nacionales, y luego se vistieron con bandas tricolores francesas, para después lucir nuestra bandera recuperada. Habrá que subrayar que habiéndose levantado en armas contra el régimen de Benito Juárez, fue precisamente Porfirio Díaz quien inauguró el Hemiciclo consagrado al Benemérito; que el camino que va desde el Bosque de Chapultepec hacia el centro de la ciudad, habiéndose trazado como paseo imperial para la Emperatriz Carlota, queda para la posteridad como Paseo de la Reforma, aunque no niega su aspiración sentimental de ser un Champs Elysèes sin París.

Los chilangos vivimos y digerimos un legado funcional de contrasentidos. Cuando éramos menos, se llenaban con más frecuencia los tendidos de la Plaza de Toros México y cuando la ciudad entera contaba con menos estadios, había más aficionados al fútbol en las gradas. Ahora que hay un número considerable de peloteros mexicanos en las filas de las Grandes Ligas del Béisbol, aquí se ha reducido la pasión por la pelota caliente al nivel de un club de filatelia. El chilango persiste en su filiación por la lucha libre con enmascarados, aunque todo parece indicar que se trata efectivamente de una farsa y nadie niega la secreta vocación de taxista que llevamos todos en el alma, aunque en el fondo seamos sedentarios.

Es un contrasentido asimilado que todo chilango se desenvuelve, labora, estudia o tiene novia justo al otro lado de la ciudad y es hora de informarle a nuestros parientes en diversos estados de la República que no es cierto que aquí "vayamos más seguido al teatro" y que no son del todo seguros "esos largos paseos por la Alameda Central". A cada barrio y colonia de la inmensa Ciudad de México le consta que el llamado comercio ambulante es en realidad una plaga estacionaria e inamovible y a cada piloto de cualquier línea aérea le consta que es un contrasentido tener el Aeropuerto Internacional enclavado justo en medio de una populosa zona habitacional.

El habitante de la Ciudad de México que se lo propone puede fincar su identidad de capitalino y citadino de Mexicalpan de las Tunas ejerciendo la mayor contradicción de todas: vivir aquí como si estuviera en otro lado. Lo vive el veracruzano que presume su fonda de mariscos y pescados "como si estuviera a la orilla del mar", aunque el paisaje no sea más que un paraíso pintado sobre la pared; lo asume el obstinado que despierta con la televisión española por cable, desayunando las páginas de El País, con el dinero en cualquier banco peninsular y tapas variadas en restaurantes de Polanco; lo vive el guanajuatense que pedalea una bicicleta con botines de becerro auténtico, aunque en realidad hace años que no visita el Cerro del Cubilete y también los muchos modelos que portan el vestuario, telefonía celular, horarios bursátiles y restaurantes con menú en inglés, a plena luz de la avenida de los Insurgentes, pero como si estuvieran en el corazón de Manhattan, pues todos los contrasentidos posibles caben en el jarrito del chilango, precisamente porque nos dan sentido.

*Texto publicado en la Revista CHILANGO - Abril 2005


DE SOL A SOL

He visto todos los granos y todas las especias, toda la tierra del mundo que se puede comer: arroz inmaculado como mejilla de china y habas que podrían confundirse con un dedo pulgar; frijoles como fichas de un damero y otros que parecen los ojos de un venado. Caminé entre senderos de diversos platanales, machos y dominicos, bananas moteadas por el silencio de inmensas tarántulas negras. Por una calle prolongada mi respiración se volvió picante: todos los colores y variedades del chile tosían llorando los ojos. Un mamey, entre sus semejantes del color de su nombre, abre su piel morena para mostrar un sabor a sangre. Una pila de papayas amarillas parece un muro de cráneos, tzompantli frutal que contrasta con la acuarela chillante de las sandías que sonríen para mostrar sus rojas encías y las perfectas dentaduras que forman sus semillas negras. Comí con los ojos melones de un naranja ajeno al color de las mandarinas y naranjas que insisten en confirmar la redondez del planeta. Se me olvidaba que las uvas verdes parecen gotas de un rocío y que las moradas parecen llorar de alegrías.

Debo a la generosidad de un arcángel entrañable la oportunidad de conocer la Central de Abasto de la Ciudad de México, una ciudad que reúne todos los comestibles que alimentan a más de veinte millones de habitantes sobre un territorio de 304 hectáreas. Por allí desfilan 7000 empleados diarios, formando una Babel de música en sus nombres con todos los sabores del mundo: cargadores, carretilleros, mecapaleros, caladores, cotizadores, intermediarios, bodegueros, cobradores, expendedores y cartoneros. Por allí pasan 35 000 vehículos diariamente, cargando el 30 % de la producción nacional hortofrutícula, el 47.5% de los alimentos totales del país, para sustento de la ciudad capital, el epicentro de tantas cosas mexicanas desde hace casi ocho siglos. Es una ciudad de frutas y de flores, de legumbres y verduras, de carnes de ave y de res, gallinas y pollos, pescados de todos los mares y mariscos todos, infinidad de semillas y la auténtica vía de los lácteos, cremas, mantequillas y leche sin engaños pasados por agua. Es la Central, cuya extensión es más grande que la del aeropuerto internacional o que el campus central de la universidad más grande del país. Aquí caben 2 000 toneladas en refrigeración y otro tanto en lo que llaman la transferencia de basura; tan sólo las flores y hortalizas ocupan 16 hectáreas de vida, entre casi 1500 locales comerciales, más de 300 bodegas de abarrotes y de víveres y casi 2000 bodegas para frutas y leguminosas. En esta ciudad de comida se almacenan, de paso, del campo a la mesa, 122000 toneladas, pero sobre todo se inunda la vista con el hormigueo incesante de actividad, el inmenso panal continuo de transacciones, el paso irrefrenable de los cargadores, herederos de los tamemes prehispánicos, capaces de llevar un templo sobre sus espaldas.

Vine para confirmar que el paraíso terrenal sigue ocupando un espacio sobre la tierra, aunque los pecadores hayamos sido expulsados para nunca jamás habitarlo para siempre. Aquí es Sri Lanka en Iztapalapa y el puerto final del mejor bacalao de Noruega. Aquí se ha clonado la selva con sus húmedos tintes y la vastedad de las parcelas sembradas con afecto, sudor y lágrimas. Vine porque no podía creer que Octavio Paz sintió alivio para cualquier pesar al contemplar esta inmensa ciudad que recibe todos los comestibles de México y del mundo, de paso y de sol a sol. El mismo sol que alumbraba los mercados de "notable orden y concierto" que impresionaron a un soldado llamado Bernal Díaz del Castillo hace casi cinco siglos, los mismos que hacían eco de su zumbidos a veinte leguas de distancia. Aquí está Tenochtitlán, con pantalones de mezclilla y sucursales de todos los bancos, la geometría de todos los aromas y sabores, ahora modernizada con transacciones que llegan a superar, en más de uno de sus días, al monto total que se moviliza en la Bolsa Mexicana de Valores. Vine para saborear con mis ojos una microhistoria de México, un capítulo vivo de nuestra memoria y de cultura que se filtra por los cinco sentidos sin descanso. La belleza efímera de un conglomerado de flores anaranjadas, perfectamente celosas de un campo de lilas presumidas, ambas humilladas por el imperio de las rosas. La plasticidad fugaz que llegan a tener los bodegones en tercera dimensión, las calabazas que parecen intocables montadas sobre una cama áspera de cocos cuya piel es dureza para cuidar el blanco cutis de su carne jugosa. Camino entre cerros de piñón y flores de jamaica, garbanzos que se salvan de la inmensa exportación que mantiene vivo al cocido madrileño en España y nueces que parecen cascabelear ante una pila de marañones que esconden eso que se llamará para siempre nuez de la india. La vida pasa rápido aquí en la Central de Abastos, con la misma lentitud con la que gira el mundo. La vida empieza desde la noche de la víspera y su ebullición amaina al llegar el atardecer del día siguiente, todos los días el mismo día, como si cada plato de arroz fuera el mismo que alimentó a un ejército de samuráis o como si una papa fuera idéntica a las patatas o las cuatrocientas variedades diferentes de papa que podrían nuevamente salvar a Irlanda de una hambruna. La Central de Abastos es un país dentro de la ciudad más grande del mundo, un mundo dentro de la ciudad que es ombligo de este país México, cornucopia abundante que parece inagotable.

La Central son las avenidas pobladas por puestos de básculas honestas, carretillas sin estrenar, bártulos de toda laya y puestos infinitos en donde hasta los libros se venden por kilo. La Central son las caras de los miles de hombres y mujeres que dejan sus vidas en pro de alimentar a los demás y de los miles más que acuden a realizar sus mandados aquí, sin la intermediación aprovechada de quienes inflan los precios ni la extranjerización de nuestros propios productos, emplasticados como si vinieran de Alaska.

Todo esto ha servido para recordarme que somos lo que comemos, que el sabor de un mango no puede describirse en palabras para completa comprensión de un polaco y que, mientras el mundo sigue sus cursos y decursos, las políticas y los policías, los horarios de tráfico y las tareas escolares hay en México un inmenso santuario donde el ritmo de la vida se palpa con el paladar, degustando con la mirada, el infinito milagro de lo que nos da sustento.


BIOGRAFÍA DE JORGE F. HERNÁNDEZ (México, D.F., 1962).

La labor diplomática de su padre lo llevó a pasar sus primeros años de vida en Colonia, Alemania y Washington, D.C., Estados Unidos. Su tesis de licenciatura, La soledad del silencio. Microhistoria del Santuario de Atotonilco, fue publicada en 1991 por el Fondo de Cultura Económica (FCE).

Ha sido colaborador de la revista Vuelta, de la Gaceta del FCE y de las revistas Artes de México y FMR. También ha participado como columnista en los diarios Reforma, de México, y El País, de España.

Su primer libro de cuentos, En las nubes, apareció en 1998. Su primera novela, La emperatriz de Lavapiés, fue finalista del premio Alfaguara y más tarde editada y reeditada en la edición de bolsillo de ese mismo sello, debido a su gran éxito. Su presentación en Argentina, en el año 2002, dejó un gratísimo sabor de boca en el público literario.

Jorge Fabricio Hernández es candidato al doctorado en historia por la Universidad Complutense de Madrid, colaborador del diario mexicano Milenio,  y coordinador de la colección “Tezontle” del FCE. Desde hace varios años su residencia de la calle Minerva, en la ciudad de México, es testigo de una de las últimas tertulias literarias que subsisten en el país.


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