ESTADO DE CHIAPAS


Este estado pertenece por geografía y cultura al gran complejo maya que en el México Antiguo ocupó un extenso territorio de Mesoamérica. El arte popular aquí se caracteriza por sus profundas raíces prehispánicas, que a lo largo del tiempo no se ha modificado sustancialmente. Los diferentes grupos indígenas que pueblan su territorio (lacandones, choles, tzeltales, tojolobales, tzotziles, chujs, jacaltecos, mames, motozintlecos) han defendido fieramente el embate de otras culturas por tratar de transformar sus diferentes costumbres, tradiciones, lenguas rituales y creencias. De diverso modo, incluso han preservado elementos de su cosmovisión a pesar de las influencias de la religión católica. En algunas comunidades las tallas de santos se visten con ropas indígenas, por ejemplo..

En este estado, como en otras regiones productoras, existen las dos ramas básicas de las artes populares, la alfarería y los textiles, pero con grandes diferencias en su desarrollo.

La alfarería y la cerámica que se produce actualmente no se puede comparar con la belleza y la perfección de la técnica desarrollada en épocas prehispánicas. Si bien su realización actual resulta primitiva tienen algunas piezas un valor artístico considerable. En Amatenango se produce principalmente loza utilitaria, hecha a mano o moldeada y decorada con tierras de diversos colores. La forma básica es la del cántaro con pequeñas variantes, pero de tamaños muy diferentes. Las piezas no se queman en hornos sino al ras del suelo, en fogatas al aire libre, lo que le confiere a esas obras de terracota un color amarronado, con los dibujos en sepia. Este trabajo por lo general solo lo realizan las mujeres. Existe alfarería también en Chiapa de Corzo, San Ramón y Ocozocuautla.

Los textiles constituyen la producción artesanal más sobresaliente de este estado. Las técnicas de tejido se han aplicado históricamente a la producción de prendas de vestir y la vestimenta indígena es aquí tan profusa que resulta muy difícil de clasificar. Los diseños de vestidos, trajes y tejidos en general, son únicos en el país. Tal variedad encuentra explicación en múltiples razones: conviven en este territorio una diversidad de grupos étnicos, existen distintos climas desde la costa hasta la alta montaña y hay una población con grandes diferencias sociales y económicas, entre otras cuestiones.

Hay quienes aseguran que chiapanecos y guatemaltecos suelen acusarse mutuamente por copiar los diseños textiles originarios de cada uno de ellos. Pero en realidad ambos tienen una tradición común. Como todos pertenecen al grupo cultural maya resulta natural que compartan el gusto y la tradición productiva por ciertos diseños.

Es interesante recordar que dentro del territorio mexicano es posible establecer una diferencia inmediata entre dos grandes grupos indígenas, a partir de una vestimenta femenina: aquellas que usan "huipil" y las que visten el "quexquémitl", ambas prendas de origen prehispánico. El uso de esta última, que se forma con dos rectángulos o cuadrados y es también conocida como esclavina cerrada, está delimitado por una amplia zona central que abarca los estados de Jalisco, Nayarit, Querétaro, San Luis Potosí, casi todo Puebla, Hidalgo y el Estado de México.

Chiapas en cambio pertenece, junto con el sudeste de Puebla, Morelos, Guerrero, Oaxaca y Yucatán, a la zona tradicional del huipil.

En líneas generales esta división subsiste, aunque en la actualidad hay una tendencia general al intercambio de uso entre una y otra zona, por el rápido desarrollo en las comunicaciones y el traslado creciente de población campesina hacia las ciudades. La paulatina adopción de vestimenta industrializada contribuye además a ocultar la identidad étnica porque tiende a unificar estos usos. También puede ser útil recordar que la influencia de la conquista produjo mayores cambios en la vestimenta tradicional masculina que en la ropa femenina, ya que a los frailes los escandalizaban los torsos desnudos de los hombres y el uso del taparrabos.

Los huipiles son básicamente túnicas o camisas largas, hechas con dos o tres telas unidas verticalmente. Cada grupo los elabora con ciertas particularidades, ya sea por el tipo de ornamentación o los colores usados. Esto no solo distingue a quien lo porta sino que permite reconocer la comunidad a la cual pertenece. Sus diseños, por lo general están basados o representan símbolos mágicos-religiosos propios de cada cosmovisión. El vestido refuerza de este modo la identidad comunitaria y proclama públicamente un origen geográfico y cultural.

Es común utilizar para estos tejidos al telar de correas, cuyo extremo se engancha en un árbol o poste mientras el otro permanece aferrado a la tejedora. Este tipo de telar permite controlar con el cuerpo la tensión de la urdimbre y tejer largas piezas, aunque el ancho siempre estará determinado por el largo del brazo de la artesana.

La estilización necesaria para representar objetos o conceptos a través de hilos tejidos dificulta muchas veces la comprensión cabal de los motivos representados. Las tejedoras leen a golpe de vista dibujos que para el ojo inesperto resultan incomprensibles. Por estudios comparativos, a veces es posible confirmar que ciertos motivos subsisten desde épocas remotísimas mientras que otros, hoy ya también antiguos, fueron sin embargo aportes posteriores a la conquista española. En los altos de Chiapas, por ejemplo, los rombos son representaciones planas de la tierra y sus esquinas corresponden a los puntos cardinales y a los cuatro rincones del cielo indígena. También los colores habitualmente se relacionan allí con esos parámetros.

En múltiples comunidades del estado se confeccionan además camisas, faldas, jorongos (especie de poncho o manta), ceñidores, rebozos, cubrecabezas, enredos, cotones y fajas de cintura, por mencionar sólo algunas prendas.

Los materiales (la lana, el algodón, y aún los hilos sintéticos) al igual que las técnicas de tejido usadas en el textil chiapaneco (tanto en el telar de pie como en el de cintura) resultan similares a los de otras partes del continente, pero es el diseño de estilo tan específico de cada comunidad, lo que le otorga su sello característico.

Las zonas productoras de textiles son muchas, pero vale la pena mencionar a San Andrés Larrainzar, Tenejapa, Chenalhó, Pantelhó, Amatenango, Tenango, Bochil, Magdalena, Chamula, Comitán, Chainatic, Coita y Cruz Quemada. Pero no son las únicas, ya que cada región tiene su especialidad. Por ejemplo, en San Juan Chamula se hacen muñecos para niños, que llevan vestidos con los trajes de esa zona. Allí también se confeccionan los chucs, que son largos camperones tejidos en lana que usan los hombres chamulas.

En los Altos de Chiapas existe desde hace décadas una asociación de tejedoras de varias comunidades llamada Sna-Jolobil (casa del tejido), administrada por artesanas que comercializan su producción en San Cristóbal y que comenzaron recreando motivos de antiguas prendas, muchas de las cuales fueron preservadas largo tiempo en baúles por vecinos de sus comunidades.

También allí, los tzotziles y tzeltales reproducen ciertos dibujos brocados en los huipiles, cuyo origen es tan antiguo que los podemos observar en las estelas del maya clásico.

En San Cristóbal de las Casas, en cualquier momento de la semana pero más aún los días de fiesta o feria, el mercado y sus alrededores son un inmenso caleidoscopio de diseños, colores y texturas, casi imposible de describir. Recorrerlo es una verdadera fiesta para los sentidos.

La herrería es también aquí muy singular y desarrollada, sobre todo en San Cristóbal de las Casas. Eso se debe a que desde la colonia fue favorecida por su situación geográfica, como el punto de reunión del comercio regional. A medida que la ciudad crecía, aumentaba la demanda de herreros para satisfacer las necesidades de los españoles,, que se preocuparon entonces por transmitir a los indígenas de la región las técnicas europeas de la herrería. En la actualidad las cruces de hierro forjado son un símbolo del arte del hierro chiapaneco. También se destacan las rejas, los balcones, los llamadores y las cerraduras de hierro forjado.

El trabajo en madera alcanza aquí extraordinario desarrollo. Hay muchos ebanistas dedicados a trabajar las maderas preciosas abundantes en la zona. Se hacen arcones, altares, cajas, cofrecitos e instrumentos musicales como guitarras, arpas y violines, con hermosos y singulares taraceados. Sin embargo el más importante instrumento musical de madera es aquí la marimba, ya que en este estado se cultiva dicha música y hasta se lo identifica por ella. Las marimbas chiapanecas gozan de un merecido prestigio por su alta calidad.

La madera también se talla logrando esculturas de todo tipo, destacándose la producción de imagenes religiosas. Hay también elaborados juegos de ajedrez, máscaras laqueadas, butacas y sillones con su asiento hecho en piel o fibra y los famosos camarines (especie de nicho para guardar imagenes religiosas) de Chiapa de Corzo.

La joyería chiapaneca se destaca en Tuxtla Gutiérrez y Tapachula, por los trabajos en filigrana, tanto en oro como en plata, aplicado en diversas joyas para uso femenino.

Una antigua tradición prehispánica, la del ámbar, subsiste también aquí, siendo Chiapas el único sitio en México donde se lo encuentra. Numerosas evidencias arqueológicas demuestran el aprecio que los antiguos mayas tenían por éste material, y en muchos museos del mundo es posible encontrar piezas de la cultura maya, sobre todo collares y orejeras provenientes de sitios arqueológicos mexicanos. Aquella pasión por el ámbar continúa en Simojovel, donde se hacen aros, dijes, pulseras, collares y todo tipo de joyas modernas o basadas en diseños prehispánicos.

La elaboración de piezas laqueadas, es también muy importante en este estado. En realidad es preferible, para evitar confusiones, llamar a esta rama del arte popular maque. El maque mexicano es de origen prehispánico y se desarrolló en diversas partes de Mesoamérica. Existió en Oaxaca y Yucatán, y actualmente persiste en Chiapas, Guerrero, Michoacán, Guatemala, Honduras y El Salvador.
El oficio de "pintor de jícaras", que era obviamente desconocido en Europa, llamó la atención de algunos cronistas como Bernardino de Sahagún, mientras que Durán, Las Casas, Alvarado Tezozómoc y varios otros mencionan el uso de las jícaras pintadas y algunos materiales de su elaboración. Para lograr el maque mexicano es imprescindible trabajar con materiales naturales. En Chiapa de Corzo, por ejemplo, se usa como materia prima del maque para decorar las famosas "xicalpextles de guaje", a una cera llamada axe o aje obtenida por ebullición, trituración, filtrado y desecado de las hembras de un insecto hemíptero cuyo nombre científico es "Coccus ajin". Este conocimiento sólo lo conservan los indígenas tzotziles de Venustiano Carranza, que llaman "ni´in" al insecto. Las xicalpextles de guaje suelen tener gran tamaño y son usadas como palanganas.
Los guajes son frutos secos que requieren, al igual que el tizate que es la tierra blanca a base de carbonatos de cal y magnesia, una buena preparación previa.
El procedimiento del maque se inicia asentando una base de tierra fina sobre el guaje barnizado con aje. De a poco se van superponiendo nuevas manos de aje cocido y tierra mezclada con pigmentos de color y al final se lo pule frotándolo con cuidado hasta que sale el brillo. Los colorantes pueden ser naturales, como el negro de humo y el polvo de cinabrio o también pueden usarse anilinas industriales. Los motivos de decoración suelen basarse en la flora y fauna chiapaneca. Es común reproducir ramilletes de flores con pintura al óleo aplicada con el dedo meñique y sus detalles finos terminados con pincel.
Existe en Chiapa de Corzo un taller de maqué, a cargo exclusivamente de mujeres. Esa técnica permite no solo decorar sino tambien impermeabilizar las piezas, por lo que actualmente se la utiliza casi en forma exclusiva para jícaras y xicalpextles, ambos reservorios de líquidos, y para bateas, que suelen también ser decoradas al pincel.

Los trabajos en piedra tallada son muy importantes en Palenque, donde se trabaja la piedra caliza o cantera para hacer reproducciones o copias de tableros mayas prehispánicos. El trabajo es tan minucioso que puede confundirse con los originales.

La talabartería se desarrolló desde la llegada de los españoles. Actualmente existen varios talleres escuelas a cargo de religiosos jesuítas, que enseñan a los jóvenes el oficio. Se confecciona de todo y con calidad, algunos pirograbados o cincelados: bolsas o carteras, morrales, cinturones, portafolios y otros. Se destacan San Cristóbal de las Casas y Tuxtla Gutiérrez.



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